Entré a la recamara de uno de mis hijos y miré un verdadero desorden, o como se dice en mi pequeño rincón del mundo, un cochinero. No quise dejar pasar mi observación pero tampoco quise decirle que hacer. Así que le hice un discreto comentario, “como que se mira mucho cochinero, ¿no?”. El me miró con una sonrisa sarcástica, debo admitir que esa sonrisa la heredó de mi, y me dijo, “solo se mira, es una ilusión óptica”.
En ese momento no pude más que reír y, como buen esposo, contarle su madre. Pero la verdad es que su respuesta dio vueltas en mi cabeza por un tiempo. Recordé las palabras de aquel escritor español, “todo es según el color del cristal con que se mira”. A mi hijo claramente no le molestó el desorden y no le inquietó, ni en lo más mínimo, mi comentario. El salió del cuarto y continuó con su agenda predeterminada, dejando atrás el desorden. A mi me causo mucha gracia su respuesta. Y confieso que dude de mi capacidad como padre por un momento. Pero mi mente, casi inmediatamente, divagó al poema que mencioné y empecé a organizar mis ideas para luego escribirlas en mi plan maestro para conquistar el mundo. Pero, ¿qué tal su madre? Basta decir que mi hijo limpió su cuarto.
El evento, o como decimos algunos psicólogos, el antecedente, fue el mismo para los tres: una cuarto desordenado. Sin embargo, nuestras reacciones emocionales y conductuales fueron diferentes. Mi hijo fue indiferente, ignoró el evento, y siguió con sus prioridades. Yo tuve sentimientos de ineptitud, me escondí detrás mi risa, y hui a mi computadora a escribir. Mi mujer se molestó y se encargó de que se recogiera el desorden, porque podría llegar visita y ¿qué iban a pensar de ella al mirar el cochinero?
Un evento, tres personas, tres reacciones diferentes.¿Por qué? La respuesta es simple y hasta poética: nuestros cristales eran, y siguen siendo, de diferente color. Me doy cuenta de que la percepción que tengo de una situación afecta lo que pienso, lo que siento, y lo que hago.
Carlos Gerardo Quijada, PhD, LPC
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