Mientras entonaba los primeros acordes en mi guitarra, listo para dirigir un momento de alabanza, una de las dirigentes de la comunidad se me acercó y me dijo, “ni modo, allí se va a quedar”.
Seguí su mirada hacia un hombre sentado en la primera banca. Sucio, harapiento, meciéndose agitadamente. Se sostenía la cabeza, o tal vez se la rascaba, no estoy seguro. Murmuraba entre dientes. Logre entender algunas palabras, la mayoría groserías, pero también unas cuantas súplicas. Mencionaba nombres y apellidos con coraje y después lloraba diciendo que nunca volvería a tomar.
Me le acerque. Creo que lo hice solo para aparentar ante mi muy atento publico. Y como toda una buena figura pública, intente darle la mano. Ese fue un error. Me negó el saludo y siguió con sus incoherencias y groserías. Volví a mi guitarra y empecé a cantar los cantos que tengo décadas cantando. Pero de reojo, lo seguí viendo.
Parte de mí estaba preocupado. ¿Que si interrumpe nuestro proceso de oración? ¿Que si la gente se molesta con sus groserías y su olor? ¿Que si no logro concentrarme? Esto último lo pensé cuando el hombre empezó a cantar con voz fuerte y desafinada.
Otra parte de mi, sin embargo, experimentaba una curiosidad sana por entender lo que pasaba con este hombre. Tenia muchas preguntas. ¿Cuál será su historia? ¿Que estará pensando? ¿Cómo se sentirá? ¿Que fue lo que le pasó?
Pero la pregunta más dominante, ¿que está haciendo en la iglesia?
La iglesia es, sin duda, un refugio. Independientemente de las controversias y conflictos que existen en nuestras comunidades de fe y a pesar de nuestras actitudes de soberbia, arrogancia, y prepotencia… y de nuestro mal testimonio, la iglesia es un símbolo del amor de Dios.
Al contemplar al hombre con sus incoherencias y al ver como la gente hacia muecas al verlo, recordé el evangelio. Como Jesús recorría toda galilea proclamando, enseñando, y sanando. Como Jesús se acercaba a los excluidos y marginados de su tiempo para devolverles su dignidad y valor como personas. Como los empoderaba y los reintegraba en la sociedad. Como siempre había un antes y un después.
Al reflexionar sobre las obras de Jesús y al perderme en las excentricidades de ese hombre, no pude evitar preguntarme, ¿que hago yo en la iglesia?
La respuesta inmediata fue que yo también busco refugio. Busco una conexión con lo sagrado. Busco el amor de Dios. Sin embargo, después de unos minutos de reflexión, le agregue a mi respuesta, con cierto tono de auto-critica y sarcasmo. Busco sentirme bien. Busco pertenecer a algo que considero importante. Busco alimentar mi ego pues disfruto que me escuchen cantar y hablar. Busco sentir que camino según la voluntad de Dios. Inconscientemente, o más bien convenientemente utilizando mis conocimientos académicos (uno de mis más efectivos mecanismos de defensa), estaba describiendo la pirámide de Maslow. La iglesia me permite satisfacer cuatro de mis necesidades humanas: seguridad, afiliación, reconocimiento, y por lo menos la percepción de auto-realización.
Pero entre más reflexionaba, más insatisfecho me sentía con mis respuestas. No que estas respuestas fueran necesariamente malas. Simplemente no eran suficientes.
¿Que no soy miembro del cuerpo de Cristo? ¿Que no debo de continuar con la misión sanadora de Jesús? ¿Que no debo de hacer algo por alguien?
Hay tanta necesidad. Tantas personas que sufren en el silencio y la soledad. Tantos que viven, como en los tiempos de Jesús, excluidos y marginados. Tantos que experimentan el rechazo de una sociedad intolerante que carece de entendimiento y compasión. Tantos que están tirados en el camino, no por voluntad propia, sino por las crueldades de la vida.
Y el buen samaritano, aquel que estuvo dispuesto a detenerse en el camino y cambiar sus planes para cuidar del herido, ¿dónde esta? Tanta demanda y tan poca oferta. Bien dijo Jesús, “la mies es mucha y los obreros pocos”. Y yo en la iglesia como si fuera un corral de engorda, buscando solo satisfacerme.
El hombre se quedo por más de una hora mientras cantábamos y orábamos. Incluso, aguanto casi toda mi predicación, que en sí ya es una virtud. Cuando se levantó, preguntó si alguien tenia un abrigo o una cobija que le regalaran porque ya quería irse a dormir. Mi chamarra estaba justo frente a mi, pero no se la di. Es curioso porque tengo varias y no son lujosas. Pero, por alguna razón que aun no estoy dispuesto a reconocer, no se la di. Otra persona si fue caritativa y le regalo una cobija. Y el hombre se fue.
No interrumpió mucho nuestra reunión pero si removió mi conciencia. Fue un verdadero instrumento de Dios. Y él ni en cuenta, ¿o si?
Carlos Gerardo Quijada, PhD, LPC
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