“Caras vemos, corazones no sabemos”. Esta es la frase que me encontré hoy en mi pequeño rincón del bosque.
No sé por qué, pero me es más fácil criticar y juzgar que escuchar y entender. Me es más fácil tirar piedras que hacer preguntas. Después de tirar una piedra puedo retirarme, puedo seguir mi camino, puedo continuar con mi vida.
Pero el hacer preguntas requiere de mi tiempo, de mi presencia, de mi esfuerzo. Para hacer preguntas debo detenerme, debo acercarme, pero, sobre todo, debo de soltar la piedra.
¡Y qué difícil es soltar la piedra! Porque detrás de esta piedra, escondo mis faltas, disfrazo mis fallas. Esta piedra me permite fingir ser mejor de lo que realmente soy, es el escudo con el que protejo mi ego, es el pilar que sostiene mi falsa reputación.
Detrás de esta piedra, escondo mi vulnerabilidad, mis dudas, mis miedos. Esta piedra me permite atacar antes de ser atacado, me permite presumir antes de ser avergonzado, me permite exponer antes de ser expuesto.
Esta piedra me permite una falsa sensación de seguridad, me da la ilusión de control ante mi crisis existencial, me permite creerme superior a pesar de estar hecho del mismo barro. ¿Será por eso que Jesús escribió en la tierra… para recordármelo?
Y lo más curioso, es que presumo ser su discípulo. Lo llamo maestro… señor… salvador… pero se me olvida que él no tiró la piedra. Al contrario, él se le acercó, le hizo preguntas, la entendió, la motivó.
El no vino a condenar, y yo aquí jugando a ser su justiciero. Pero, ¿Quién soy yo para arrojar la primera piedra… o la segunda… o la tercera?
Yo solo veo su cara, pero desconozco su corazón.
Carlos Gerardo Quijada, PhD, LPC
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