Batalle mucho para levantarme esa mañana nublada y lluviosa. El cansancio, la flojera, y una recurrente crisis existencial dominaban mi estado de animo y alimentaban sentimientos profundos de insuficiencia e insatisfacción.
Todas las variables justificaban el seguir escondido debajo de mi cobija preferida que, por pura casualidad, es de las princesas (esa es otra historia). Pero como un huésped más en la caja de Skinner, me levante y me aliste para ir a trabajar.
Mientras iba en mi coche por la carretera, me encontré con una densa neblina. Mi entorno se oscureció, junto con mi visión. No lograba ver más de, no sé, uno o dos metros enfrente de mí. Disminuí mi velocidad, mientras que el clima alimentaba mi cansancio, mi flojera, y mi insatisfacción. Surgió también cierto desanimo, unas cuantas quejas, y el deseo de estar en casa arropado con mi cobija. Más de una vez pensé en regresarme, pues el camino era, según un latente sesgo de confirmación, “muy peligroso”.
Sin embargo, como era de esperarse, seguí mi camino. Y de repente, como por obra de magia, la neblina desapareció y miré el cielo totalmente despejado sobre un horizonte colorido y montañoso. Brotó de mi corazón una alabanza, una autentica acción de gracias. El mundo estaba una vez más a mi alcance. Tanto que ver, tanto que hacer, tantas oportunidades, tantos retos, tantos planes. Ya no deseaba estar en cama, por más tentadoras que fueran mis princesas.
Me detuve en la orilla del camino, tome una foto de la neblina detrás de mi, y publique la foto en mis redes sociales con el siguiente pensamiento: “No juzgues tu vida por un momento de neblina”. Recuerdo que una persona comentó, “espero que el sol salga de nuevo”.
Pero en ese momento comprendí que no es cuestión de neblina, ni es cuestión de sol. Hay algo mas profundo que influye en como percibo e interpreto las circunstancias que enfrento en mi vida.
Carlos Gerardo Quijada, PhD, LPC
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