Y cambiando la pregunta, cambió también la respuesta…

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Me doy cuenta de que cuando experimento adversidad, tiendo a buscar culpables.  Una noticia trágica, un diagnostico inesperado, una secuencia de eventos desafortunados, la muerte de un ser querido, la paradoja de la discapacidad, el desequilibrio psicológico, una pandemia.… todo esto hace surgir de lo más profundo de mi alma una de las expresiones más humanas que existe, una pregunta que en la superficie expresa enojo y frustración, pero que en el fondo encierra mi búsqueda por entender y por librarme de todo aquello que me causa angustia, una pregunta que en su incepción revela toda la crueldad que existe dentro de mi pero que con el tiempo va evolucionando conforme asimilo y aprendo: el impetuoso ¿por qué?  

Cuando los apóstoles se encontraron con un hombre ciego de nacimiento, le preguntaron a Jesús, ¿Quién pecó? ¿Quién tiene la culpa? ¿Porqué nació el hombre ciego? Pero a Jesús no le gustaba tirar piedras. El no vino a juzgar ni a condenar.  El vino a cambiar el contexto de la adversidad, a darle un nuevo sentido.  Jesús les dijo, “ni él pecó ni sus padres, es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Juan 9, 3).   

Jesús cambió la pregunta y cambiando la pregunta, cambió también la respuesta.  Ya no es ¿porqué?, sino ¿para que? En vez de buscar culpables, el propuso descubrir el sentido y el propósito de las cosas, descubrir su plan, confiar en sus procesos, descansar en su amor, vivir en su paz. 

Al cambiar la pregunta, él me invita a ir más allá de la negatividad que me consume, me reta a librarme del temor, la incertidumbre, la preocupación, y la angustia que me paralizan, me llama a un proceso de aprendizaje y crecimiento, y me pide ser parte de su obra, de su poder, y de su gloria. 

Carlos Gerardo Quijada, PhD, LPC 

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