Cambiar el algo por el nada

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Cada martes, lo veía sentado afuera de la puerta principal del templo. Tenia el pelo largo y la barba larga, y pedía dinero, sentado de cuclillas, recargado en la pared, con un vaso sucio de plástico en la mano. Recuerdo que me llamaba mucho la atención su apariencia, su postura, y su forma de pedir, “Jefe, ¿no tendrá unas sobras?”. Tuve varias interacciones con él, cada una de ellas, una enseñanza.

La primera vez que lo vi, me pasé de largo.  Simplemente fingí estar distraído y apurado.  Le negué la mirada, miré mi reloj imaginario, y entre suspiros, abrí la puerta del templo y entré rápidamente.  Fue una buena estrategia para seguir sumergido en el egoísmo y para reducir al prójimo a una simple molestia.  

Confieso que mí conciencia me reprochó.  Me sentí mal por haberlo ignorado. Pero justifique mi comportamiento pensando, “Soy una buena persona, simplemente no tengo tiempo en este momento para atenderlo”.  

Es curioso, pero mis mejores argumentos los he desarrollado, no para convencer al mundo, sino para convencerme a mí mismo.  Por lo general, trato de convencerme de que soy mejor persona de lo que demuestran mis acciones.  

Recuerdo que justo antes de cerrar la puerta, el hombre me dijo, con voz fuerte, “Que Dios te bendiga, jefe”.  La verdad es que sus palabras me molestaron.  Inmediatamente juzgue su bendición como una grosería disfrazada, como un acto de hipocresía.  Pensé, “de seguro se molestó porque no le di unas monedas”.   Aquí, otra buen estrategia: culpar al otro por las faltas propias.  Yo falté a la caridad, pero le eché la culpa a él.  La verdad, sí me sentí mejor sabiendo que él era el malo. 

La segunda vez que lo vi, una semana después, decidí detenerme a hablar con el.   ¿Por qué? No estoy completamente seguro.  Tal vez los residuos de nuestro primer encuentro aun me pesaban.  

Me le acerque, y como buen cristiano, me basé en la palabra de Dios.  Le dije, “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy.  Levántate y entra al templo conmigo.  Yo te invito” (Hechos 3, 6).  Lo dije con la frente en alto y con un tono de arrogancia, como toda buena recitación de la palabra que sale de los labios para fuera, sin una sincera disposición interior.  Hasta me imaginé a Pedro y a Juan, los protagonistas del relato bíblico, sonriendo detrás de mi.  

Pero la verdad es que solo fui un sepulcro blanqueado (Mateo 23, 27). Me escondí detrás de mi fe y usé la palabra de Dios como un disfraz. Y solo me engañé a mi mismo (Santiago 1 ,22), porque el hombre claramente no se fue con la finta.  Ante mi gran actuación, él solo sonrió y cerrándome un ojo, me dijo, “No gracias, jefe, aquí lo espero por si tiene unas sobras”.  

No cabe duda, que es más fácil ser un hablador que un hacedor (Santiago 1, 23).  Y quien mejor para reconocer a un hablador que ese hombre, que no necesita de palabras sino de acciones.  Y en verdad, ¿de que me sirve la fe sin obras? ¿De que me sirve decir y no hacer? (Santiago 2, 14-17). Es como reducir mi fe a un acto político, a un gesto ególatra, a un “status symbol”. Tal vez mi fe sí es un delirio o una expresión de neurosis, o por lo menos sea solo presunción… vanidad… vanagloria.  

Mi tercera interacción, en realidad, no fue una interacción.  Un martes, llegué a la puerta principal del templo y el hombre no estaba.  El problema es que  su ausencia me paso desapercibida por varias semanas.  No podría ni decir cuantas.  Simplemente un día me di cuenta de que ya no estaba.  Y empezaron los “hubiera” a recorrer mi mente. 

Supe que pude haber hecho algo pero no hice nada (Santiago 4, 17). El gran pecado de omisión, el más menospreciado de todos, cambiar el algo por el nada.  La verdad es que escogí el camino más fácil, entre por la puerta ancha (Mateo 7, 13).  Pero ahora me pregunto, ¿es esta la persona que quiero ser? 

Carlos Gerardo Quijada, PhD, LPC

© 2019 Carlos Gerardo Quijada.  Todos los Derechos Reservados. 

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