Me siento preso del tiempo, del despertador, del calendario, del hipnótico “tic toc” del reloj.
No lo veo, no lo siento, pero el tiempo parece gobernar mi vida. Incluso lo culpo por mis más grandes insatisfacciones. El tiempo pasa demasiado rápido cuando disfruto de lo que amo, pero demasiado lento cuando enfrento lo que me desagrada. Es el chivo expiatorio de mi mediocridad, el presunto responsable de mi estrés, y la supuesta razón detrás de mi caos.
Pero, ¿qué es el tiempo? Lo que marca un reloj, un continuo linear de instantes, la cuarta dimensión de la realidad, lo que previene que todo suceda a la misma vez… no puedo culpar algo que ni siquiera puedo definir, mucho menos explicar. ¡El tiempo no es mí problema!
Dios ha puesto en mi mente el sentido del tiempo, en mi corazón la experiencia de la eternidad, y en mi cuerpo el ritmo de la vida. Pero el compás de mi existencia ha sido interrumpido, a caído preso de ruidos externos, ahora es controlado por un metrónomo ajeno a mi naturaleza.
He perdido de vista la eternidad y me he afanado a lo efímero. Ahora, lo eterno se diluye en lo temporal, lo importante en lo superfluo, y lo valioso en lo insignificante.
Vivo encerrado en el egoísmo y en el materialismo. Camino entorpecido por los medios y distraído por el consumismo. ¿Mi modus operandi? Cansado, estresado, y endeudado.
A la vez, vivo lastimado por la herida auto-infligida de creer que el tiempo esta en mis manos, que puedo prolongarlo, detenerlo, o apresurarlo. Es como querer controlar lo incontrolable, dominar lo indomable.
La verdad es que hay un tiempo para todo. Tiempo para nacer, para morir, para plantar, y para cosechar; tiempo para reír, para llorar, para lamentar, y para bailar; tiempo para persistir, para desistir, para abrazar, y para despedir. Hay un tiempo para hablar y un tiempo para… (Eclesiastés 3, 1-8).
Sin duda, Dios hizo todo hermoso en su momento (Eclesiastés 3, 9). Tengo la bendición de ser y de hacer, de experimentar y de crear, de amar y de ser amado. No puedo seguir afanado a lo que me roba la paz, a lo que me aleja del propósito para el cual fui creado. ¿Y cual es mi propósito? Según el sabio Salomón, mi propósito se resume en alegrarme y hacer el bien (Eclesiastés 3, 12).
Mantendré, entonces, mis ojos puestos en lo eterno (Colosenses 3, 2), viviré el momento que me toca vivir con alegría y agradecimiento, y me inclinaré por todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud (Filipenses 4, 8). Dejaré que la compasión sea mi guía y la caridad mi prioridad… y que las manecillas del reloj se entretengan solas.
Carlos Gerardo Quijada, PhD, LPC
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