Mientras esperaba pacientemente en mi carro a que avanzara el tráfico, un hombre se me acercó. En su mano izquierda, una botella de agua y en su mano derecha, un trapo sucio. Mi reacción inmediata fue no mirarlo a los ojos.
Es curioso, porque de chico me protegía de los monstruos tapándome la cabeza con una cobija y cerrando los ojos. Pensaba, “lo que no veo, no existe.” Mi lógica era sencilla. Si yo no miraba al monstruo, él tampoco me veía a mí. El monstruo no existía para mí y yo no existía para el monstruo.
Y ahora de adulto, aparentemente sigo creyendo y actuando de la misma forma. Ante aquel hombre que se acercaba pensé, “si no lo miro, no existe.” O por lo menos, si no lo miro, él no me mira. El no existe y yo tampoco. ¡Solución perfecta!
Sin embargo, mi magia de niño no funcionó. El hombre no dejó de existir y yo no desaparecí.
El se acercó rápidamente y propuso limpiarme el parabrisas. Fue amable aunque con un toque de incoherencia. “¿No tiene una moneda momentánea?”, me preguntó, con cierto tono poético. Se me hizo interesante el juego de palabras, junto con su mirada intensa y pupilas dilatadas.
Sin embargo, fingí ser indiferente. Mi respuesta, que es una respuesta que comúnmente utilizo en este tipo de situaciones fue, “ahorita no, gracias”. El me contestó, “que Dios te bendiga, aunque no sé el universo”. Rápidamente se fue mientras murmuraba en voz baja y hacía gestos con sus brazos.
La escena se repitió minutos después. Aparentemente se le olvidó que ya me había ofrecido sus servicios. Esta vez me preguntó, “¿No tendrá usted una monedita que el momento le pagará?” Tenia cierta fijación con la moneda y el momento. Se me hizo interesante, pero mi respuesta fue la misma.
Su segunda visita, sin embargo, propulsó en mí una experiencia profunda de introspección que se prolongó por varios días.
Me di cuenta que las personas, primeramente, no son monstruos, por más diferentes que sean a mí, por más harapientos que anden, y por más raros que parezcan. Y tampoco dejan de existir al cerrar mis ojos o al mirar para otro lado.
Hay muchas personas que cargan ya sea con las consecuencias de sus decisiones, con los efectos de un modelo social deficiente, con la falta de apoyo y afecto, con los efectos de sustancias, o con el peso de un trastorno psicológico. Este hombre, por ejemplo, mostraba señales de un trastorno de pensamiento como lo es la esquizofrenia.
El no mirarlo a los ojos me concedió un sentimiento superficial de alivio; mismo sentimiento que lograba al taparme la cabeza con una cobija ante la posible presencia de un monstro. Este sentimiento de alivio, sin embargo, se convirtió rápidamente en culpa, frustración, e impotencia. Y esto, porque aun me queda un poco de conciencia social. Pero mi insensibilidad crece cada día al dejarme llevar por la cultura del descarte.
¡Estoy en constante lucha!
No debo descartar a las personas como objetos que pierden su valor o su utilidad. No debo clasificar como monstruos o enemigos a aquellos que me desagradan. No debo cerrar los ojos ante las situaciones que me inquietan o molestan. No debo ser indiferente. No debo creer que lo que no veo, no existe.
Carlos Gerardo Quijada, PhD, LPC
© 2018 Carlos Gerardo Quijada. Todos los Derechos Reservados.

Leave a comment