Esta mañana, mientras estaba sentado frente a mi computadora intentando documentar mi plan para conquistar el mundo (algo que llevo varios años intentando) se me acercó mi hija, Camila, y sin titubear, me dio un abrazo.
Entre sus brazos, olvide mis intenciones de conquistar el mundo y me supe conquistado, no solo por ella, sino por la vida, por el universo. Me supe conquistado por Dios y por el hermoso regalo de la existencia, por la oportunidad de estar, de ser y de hacer.
Que fácil es perdernos en frustraciones vanas, que aunque no dejan de ser frustraciones, carecen de importancia comparadas a lo que es realmente valioso. Qué fácil es sentirnos oprimidos, paralizados, e incapaces.
¡Fue solo un segundo! ¡Fue solo un abrazo! Pero en ese segundo, en ese abrazo, experimenté un pedacito de cielo y entendí, aunque sea por unos momentos, la perspectiva divina. ¡Mi vida tiene sentido! ¡Tengo un propósito! Entendí que todo lo puedo en aquel que me fortalece a través de estas hermosas muestras de amor.
Pero a pesar de estar anonadado en el placer del momento, pude comprender que hay muchas personas que, ya sea por decisión propia al derrumbar puentes, o por ser víctimas de circunstancias injustas, o por carecer de las experiencias necesarias para el desarrollo de una personalidad sana, no se dan cuenta de las bendiciones cotidianas, no logran descubrir las misericordias disfrazadas, no llegan a experimentar los milagros mezclados con realidad, y no aprecian la divinidad oculta en la naturaleza.
Es por eso que decidí escribir y compartir mi experiencia. Sé que es una experiencia personal y realmente muy sencilla, pero creo que puede ser de bien compartirla. Porque así como somos bendecidos, debemos de bendecir, y así como recibimos debemos de dar. Yo sé que es una frase que puede ser considerada cursi y trillada, pero tu vida tiene sentido… tu vida tiene propósito. ¡Encuéntralo!
Carlos Gerardo Quijada, PhD, LPC
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